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martes, 21 de noviembre de 2017
Su Tierra
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Toda persona está condicionada por el contexto en el que nace y vive. El Piamonte, región de Italia cercana a Los Alpes, nace como una región subalpina que desciende hacia la Llanura Padana, una vez que se pasan los relieves importantes del Monferrato y de las Langhe.

 

El Piamonte es un conjunto inseparable de tierras de monte y tierras de llanura, en donde las colinas median entre la sobriedad de los valles alpinos y la plácida monotonía de las "tierras bajas". Hay un cierto contraste entre el carácter austero de los Alpes y de los macizos prealpinos y la extendida uniformidad paisajística de la zona del Alessandrino, caracterizada en el norte por la llanura aluvial del Río Po, hoy protegido por numerosas reservas naturales (Parque Fluvial del Po tramo Alessandria - Vercelli), y al sur por las colinas y por los pueblos que anticipan los relieves del Apenino Ligure.

EL MONFERRATO

Anteriormente Monferrato era una tierra de bosques, pero para ello es necesario remontarse a los primeros siglos de la Edad Media. Todo cambió cuando Alerán, yerno del Emperador germano Otón I, descubrió Monferrato hacia la mitad del siglo X. Cuenta la leyenda que el Emperador le dijo: "La tierra que delimitarás cabalgando durante tres días será tuya". Y Alerán "inventó" en 72 horas Monferrato. Poco a poco las huertas, las viñas, el maíz y los árboles frutales: perales, manzanos y avellanos, sustituyeron a los bosques. Las colinas de Monferrato se convirtieron en un pequeño mundo plasmado por la mano del hombre y, aunque los romanos habían introducido ya la vid, empezaron a producir vinos prestigiosos como el Grignolino, el Dolcetto, el Barbera, el Freisa y el Moscato. Los cerros no superan casi nunca los 500 metros de altura, pero el paisaje es siempre ondulado, modelado como un mar embravecido.

TURÍN

Tan sólo la colocación orográfica de Turín merece un viaje. Turín es una gran ciudad, encerrada por una cortina sin interrupciones de montes y colinas. Es una ciudad de llanura, que ha reflejado la proyección de la dinastía Saboya desde el monte al llano, a lo largo de los siglos, pero estamos ante una ciudad cuya vocación alpina ha permanecido intacta: un anclaje concreto y sugestivo que la diferencia de cualquier otra metrópolis europea. En este pasillo perfectamente llano, excavado por ríos y torrentes tributarios del gran río, el Po, que precisamente en Turín adquiere su dimensión auténtica, el genio de Cesar Augusto había puesto los cimientos racionales del castrum dedicado a él, Augusta Taurinorum: una huella decisiva, respetada y ampliada por los arquitectos e ingenieros de los duques y de los reyes Saboya en el siglo diecinueve y veinte. Es también una ciudad rica y compleja con espléndidos jardínes, la representación monumental de la dinastía Saboya al igual que la regular y decorosa capital del siglo diecinueve con parques de la burguesía ciudadana.

Sobre esta rejilla perfecta se encuentran colocadas con discreción toda las obras maestras de arte e historia de Turín: los cafés, los teatros, los palacios y las villas reales, las grandes iglesias colocadas directamente bajo la protección de los Saboya (el Duomo con la Cappella Palatina, el panteón real en Superga), los museos... Esta ciudad, con 910.000 habitantes en la actualidad, cuadriculada, pragmática y culta, parecía realizada específicamente, con el desplazamiento de la capital del nuevo Reino de Italia de Turín a Florencia y a Roma, para reconvertir las propias energías físicas e intelectuales en la más grande aventura industrial del siglo veinte, la del automóvil, cuyas raíces se hunden en los tiempos de Don Bosco, los tiempos en que la Revolución Industrial llega a Italia.

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